Tras años de obsesión, Guillermo del Toro finalmente da vida a Frankenstein, y lo hace con la fuerza de una película que lo resume todo: su amor por los monstruos, su estética gótica, su visión humanista y su maestría para hablar del alma desde lo oscuro.
Tras mucha expectación, este 7 de noviembre llegó a Netflix la nueva adaptación de la novela gótica de Mary Shelley (1818), dirigida por Guillermo del Toro (Guadalajara, México, 1964). Y sí: cumplió con creces. Solo lamento no haber podido verla en el cine, donde tuvo una breve exhibición limitada por decisión de su productora.
Del Toro ha descrito esta historia como su “biblia”, la semilla de su fascinación por los monstruos, la oscuridad y la belleza del horror. No es una película de miedo, como tampoco lo fue la novela: es una obra profundamente humana sobre los límites de jugar a ser Dios, sobre la paternidad, la responsabilidad emocional y la búsqueda del alma y la identidad.
El relato se centra en Víctor Frankenstein, quien al final de su vida narra los hechos que lo llevaron de ser un niño sensible y apegado a su madre a convertirse en un hombre obsesionado con vencer a la muerte. La pérdida materna y la rigidez de su padre lo marcan: el cariño se sustituye por exigencia, la ternura por deber. Víctor crece sin hogar emocional y se refugia en la ciencia. Su ambición ya no es aprender, sino desafiar a Dios.
Decidido a crear vida, manipula a su entorno —a su hermano menor, a su prometida Elizabeth y a su mecenas— hasta lograr su propósito: ensamblar una criatura a partir de cuerpos ajenos. Pero esa vida carece de alma, y cómo podría tenerla si su creador tampoco la conserva.
La criatura es su reflejo: un hijo que solo conoce a su padre a través del rechazo. La mayor sorpresa de la película es Jacob Elordi. Venía de papeles donde el atractivo físico era el centro —Euphoria, Saltburn, El stand de los besos—, encarnando a hombres jóvenes, arrogantes o sensuales, más que complejos. Pero aquí entrega algo completamente distinto: un trabajo físico y emocional desgarrador. Su criatura es un ser inmenso, torpe, poderoso, pero también sensible y profundamente humano. Su voz temblorosa, su mirada vacía y su cuerpo, hecho de retazos, transmiten fragilidad detrás de la fuerza. Elordi desaparece bajo el maquillaje y la desproporción, y logra que sintamos empatía por él, no miedo. Es una interpretación contenida, precisa y dolorosa; una actuación que confirma que no estamos ante un ídolo pop, sino ante un actor serio y capaz de cargar con un papel mítico.
Oscar Isaac encarna a Víctor Frankenstein con un magnetismo trágico: pasional, brillante y devorado por su propia soberbia. Christoph Waltz y Mia Goth completan un elenco sobresaliente, aportando matices que oscilan entre la devoción y la locura.
Visualmente, Frankenstein es el Del Toro más puro. Su tecnología gótica, los interiores húmedos, la composición de la luz, el diseño de vestuario y la dirección de arte remiten a La cumbre escarlata, Hellboy y La forma del agua, pero con una madurez absoluta. Del Toro filma con el peso de quien lleva media vida soñando esta historia. Todo encaja: la fotografía, la música, los silencios y esa sensación constante de estar viendo una tragedia escrita en piedra.
No hay duda: Frankenstein es su obra más personal y, quizás, su mejor película. Una reflexión sobre el alma, la culpa, la belleza y la redención, contada desde la mirada del monstruo… o del hombre que lo creó.
Calificaciones
- Mi calificación: 9/10
- Rotten Tomatoes: 96 %
- IMDb: 8.5/10
Ficha técnica #eCine
Frankenstein.
Dir. Guillermo del Toro. Con Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth y Christoph Waltz. Netflix / Double Dare You Productions. EE. UU. – México, 2025. 118 minutos. Clasificación R.

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